Jueves, 2 de marzo
Un día un discípulo fue al encuentro de su maestro y le dijo:
- “Maestro, quiero encontrar a Dios”.
El maestro, sonriéndole, le miró, pero no le dijo nada.
El joven discípulo volvió al día siguiente a hacerle la misma petición; y así cada día… Pero el sabio maestro sabía muy bien a qué atenerse.
Un buen día caluroso le rogó que le acompañase al río a tomar un baño. El discípulo lo acompañó y, llegados, ambos se sumergieron en el agua. En un instante, el maestro retuvo a la fuerza durante unos momentos al joven bajo el agua. Después de un breve forcejeo le soltó y le preguntó:
- ¿Qué es lo que más anhelabas cuando estabas bajo el agua?
- Respondió el discípulo: - ¡Aire!,
- ¿Anhelas a Dios con la misma intensidad? Si le anhelas así -siguió el maestro-, no te quepa duda de que lo encontrarás. Pero si no tienes ese deseo o sed de Dios, lucharás con tu inteligencia, tus labios y todas tus fuerzas, pero todo en vano, porque no lo encontrarás.Permanecemos unos segundo en silencio y después rezamos juntos un PADRENUESTRO